lunes, 27 de mayo de 2013

Potosí y Sucre

Después de la magnífica experiencia del Salar de Uyuni nos encaminamos hacia Potosí. El viaje fue bastante duro, íbamos en un bus llenísimo de gente y mercaderías varias, con la cumbia boliviana a tope y las luces apagadas.
Llegamos a la ciudad muy tarde y con mucho frío y como la antigua terminal no quedaba cerca del hostal en donde habíamos reservado, decidimos tomar un taxi, que aparte de llevarnos nos hizo un pequeño city tour nocturno enseñándonos donde estaba la casa de la moneda, la plaza principal, el Bulevar y el cerro rico.
Como ya era demasiado tarde, doce de la noche aprox, no teníamos más opciones que dormir y así fue.
A la mañana siguiente nos dedicamos a pasear por la ciudad, sus calles aún conservan el estilo colonial y la mayoría de las mujeres van vestidas con sus atuendos típicos - trenzas, sombrero tipo bombín, chal, falda plizada, sandalias y su cargamento a la espalda, niño o mercadería - .
A pesar de que es una ciudad muy pobre, no lo es tanto como Tupiza o Uyuni, en Potosí el ambiente es diferente, hay más clima de ciudad, y aparte de ser una de las ciudades más altas del mundo, es la que más abogados y fotocopiadoras tiene por cuadra, es verdad, esta llenísima de estudios de abogados dedicados y especializados en todas las ramas legales y negocios que sacan fotocopias en todas sus variantes.
Ese día acabo con una cena de 3 platos buenísimos por 35 bolivianos cada uno. Pesados y con principios de mal de altura nos fuimos a dormir, puesto que las cuestas de Potosí nos hacían parar cada dos por tres a tomar aire y reponernos.
Para el día siguiente teníamos programada la visita a la mina de plata del Cerro Rico. Nos pasaron a buscar a las 8:30 por el hotel, nos dieron un equipo apropiado para entrar a la mina, el cual incluía casco y botas. Antes de llegar nos hicieron comprar los regalos a los mineros (hojas de coca, tabaco, y alcohol potable de 96 grados) y nos explicaron el porqué de esos regalos: soportar la tortura que es trabajar en la mina.
Y si que es una tortura, de hecho yo entré y a los 20 minutos pedí salir, me agobié un montón cuando vi los sitios por los cuales tenía que empezar a meterme, sitios extremadamente diminutos y peligrosos, en donde un derrumbe podía ser muy probable, de hecho, al entrar a la mina, ocurrió uno pequeño a nuestro lado. No sé cómo explicarlo, todo era desesperante, el olor, la humedad, la temperatura, la oscuridad, el polvo, las filtraciones, los espacios extremadamente pequeños. Y al salir y no haber concluido la visita me quede sola afuera pensando en lo duro que es trabajar y casi vivir allí y en el porqué no me anime a entrar del todo. Y bueno, tampoco tengo mucha respuesta. Más de la mina les podrá contar Guille, él sí que entró hasta el final y habló con los mineros.

Después de eso, pasamos por el hostel, buscamos nuestras mochilas y ropa que habíamos dejado para lavar (a Guille le devolvieron todo rosita por culpa de una camiseta mía), dimos un paseo más, fuimos a comer y luego tomamos el bus con destino a Sucre.
A Sucre llegamos también de noche, pero no muy tarde, tipo nueve, y en el camino de la terminal al hostel pudimos ver los grandes edificios céntricos con sus magnificas iluminaciones.
Tenía la idea de que Sucre iba a ser una ciudad pequeñita, casi pueblo, y no, nada que ver, es una ciudad bastante grande, rica y más de estilo europeo.
Allí estuvimos dos días, paseando y descansando en un excelente hotel llamado " La Casa Verde", en donde su dueño, el belga Rene, nos atendió la mar de bien.

Nuestro siguiente destino era Copacabana, Isla del Sol, Isla de la luna y Uros, y como vamos con el tiempo bastante justo decidimos tomar un vuelo hasta La Paz y de allí ir en bus a Copacabana, pero todo esto en el próximo post.



























1 comentario:

  1. La experiencia en la mina fue algo muy fuerte. La verdad no puedo decir que me haya sorprendido lo que he visto porque me esperaba algo similar a lo que ví, pero haberlo vivido, haber olido los túneles de las minas, haber notado la desorientación absoluta de la negrura, la pérdida de la noción del tiempo, el microclima de la mina.... Todos esos sentimientos hacen que vea el trabajo en una mina como la que hemos visitado una especie de muerte en vida, una tortura sin mucho sentido excepto el de la supervivencia. Los mineros ven en la mina la única salida, y por eso se ponen hasta el culo de hojas de coca y alcohol allí dentro, porque sino no hay dios que lo aguante. En fin, máximo respeto a esa pobre gente humilde y ojalá algún día encuentren un trabajo en la superficie, lejos del olor a orines, los rituales supersticiosos, el peligro en cada metro excavado, las explosiones de la dinamita colocada con sus propias manos, el polvo irrespirable, los derrumbes constantes, las horas de soledad.....

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