Salimos de Máncora, nuestro último punto en Perú, a las doce de la noche, con destino a Guayaquil. Al subir al bus nos da la bienvenida un viajero que no hacia más que hablar incoherencias y molestar a los otros pasajeros. Al principio pensamos de que estaba borracho, pero como pasaban las horas y este hombre no se calmaba y no hacia más que molestar y ponerles los pies en la cabeza a Guille, nos dimos cuenta de que era un zumbado sin más. En un momento de la noche, cuando ya todos estábamos hartos de este señor, Guille se dio vuelta y con bastante enfado le dijo: "vamos a dormir un poco hombre, no?" Y así logró calmarlo.
Luego nos tocó hacer aduana, que por suerte en una misma oficina se encontraba Migraciones de Perú y Migraciones de Ecuador, así que sellamos salida en una ventanilla, sellamos entrada en la otra. (que dicho sea de paso yo no tengo ningún sello, entré y salí de todos los países con mi DNI argentino de los 15 años).
Llegamos a Guayaquil alrededor de las ocho de la mañana, apenas nos bajamos del bus nos dirigimos a las boleterías con la intención de comprar los pasajes a Montañita, los mismos costaban 10 dólares por los dos (la moneda del Ecuador es el Dólar), no teníamos nada de cambio, sólo 100 USS, la señorita de la ventanilla no nos lo aceptó y todo el mundo a quien le preguntábamos dónde cambiar, se quedaban espantados con lo del billete de 100, al final tuvimos que pagar 3USS a un señor para que nos diese cambio, porque la única manera de obtener cambio sin pagar es en un banco central del Ecuador, en donde te analizan el billete con microscopio.
Bueno, cambio conseguido, billete comprado, nos fuimos a desayunar y esperar el bus en la terminal de Guayaquil, la cual es súper moderna y nueva.
Después de tres horas de camino, en su mayoría bordeando el mar, llegamos a Montañita, un balneario que lejos está de ser el tranquilo y despoblado sitió que nos imaginábamos, y eso que no era temporada. Son cuatro callecitas que desembocan en la playa repletas de hostels, discotecas, bares, restaurantes fast food, todo lo necesario para pasar unos días de reventón y descontrol.
Como no era lo que buscábamos y nos habían hablado de que por la punta de la playa se conseguían hospedajes muy bonitos y súper tranquilos, fue allí donde nos alojamos, en el Surf Camp Balsa. El hotel, regentado por una francesa contaba aproximadamente con diez cabañitas hermosas de madera y paja, en donde los detalles y los bellos espacios comunes hicieron que pasáramos una estadía especial, tanto que casi no salimos de allí. Nos pasábamos el día tumbados en las hamacas o durmiendo siestas muy largas por primera vez en todo el viaje. Como en montañita pueblo no hay mucho que ver y el clima en está época del año es bastante malo (lluvias y neblina), a veces íbamos, comíamos algo, tomábamos algún cóctel con promoción de Happy Hour (Montañita es bastante caro en relación al resto de Ecuador) y volvíamos a nuestro pequeño edén a seguir descansando. Aquí la única molestia eran los mosquitos, pero para combatirlos se colocaban braseros con palo santo y hojas de limonero por todo el sitio, y claro, imprescindible, dormir con mosquitera.
Si bien Montañita no fue lo que esperábamos, nuestro paso por allí fue muy bonito, descansamos mucho, comimos bien y sobretodo hicimos un impas a nuestras ansias de conocer y hacer cosas todo el tiempo.
Cambiando playa por ciudad y con las pilas cargadas nos encaminamos a nuestro próximo destino: Quito.
Todo el mundo nos había hablado súper bien de la Capital de Ecuador, y la verdad es que tenían razón, la ciudad es fantástica, conserva intacto su pasado colonial, su historia y tradiciones, pero a la vez es dueña de una modernización no muy presente en las ciudades latinoamericanas.
Llegamos a Quito muy temprano, a las cinco de la mañana, como pensábamos llegar más tarde, la idea era pasear un rato e ir a desayunar para poder hacer el check in a la hora correspondiente, pero como hacia bastante frío, teníamos sueño y a esa hora no hay mucho para hacer, nos fuimos al hotel que habíamos elegido previamente por internet y pagamos una noche completa para dormir unas horitas y así estar más despejados para poder conocer la ciudad.
El primer día visitamos todo el centro histórico, entramos a la Basílica y subimos a sus torres para apreciar toda la ciudad desde lo alto, conocimos plazas, conventos e iglesias (hay más iglesias que fieles), comimos en un barcito destinado a gente del lugar y no a turistas, en donde el precio del menú fue de 3,5 dólares... por los dos. Tomamos un café que nos costo más caro que la comida y continuamos paseando por callecitas que invitaban a perderse en ellas.
Cuando llegó la nochecita comenzamos a sentir un poco de frío, por lo cual decidimos ir a comprar comida al súper y cocinar en el hostal. La cocina del hostal era espectacular, tenía privilegiadas vistas panorámicas de la ciudad de Quito, aparte de bonitas terrazas en diferentes niveles. Guille cocino una sopa buenísima, tanto que de la cantidad que tomamos no fue necesario segundo plato.
Al día siguiente, después de un buen desayuno en la terraza del hostel, nos fuimos a una feria de artesanías bastante grande ubicada en la parte nueva de la ciudad, en donde nos compramos algunos caminos de mesa y una frazada, luego almorzamos por allí y por la tarde fuimos a recorrer el barrio de Ronda, la parte bohemia y artística de la ciudad.
Luego yo tenía la intención de subir al Panesillo (similar a un Cristo Redentor ubicado en una de las montañas que rodean la ciudad), y como Guille continuaba con molestias en su rodillas y los escalones y cuestas a subir y luego a bajar no eran pocos, decidimos separarnos, yo subir al Panecillo y él ir a algún museo. Así hicimos, el partió al Museo de la Ciudad y yo empece a subir, pero a poco de comenzar una voz perdida me decía "no subas, no subas", cuando levanté la vista vi a una mujer joven que me gritaba desde lo alto de un convento y me decía "no subas, ya es tarde y peligroso como para subir sola, te van a robar", lo pensé un segundo y decidí no hacerlo, porque aunque nada me pasara ya estaba intranquila y no iba a disfrutar del paseo. Caminé un poco más por Roda y luego regresé a la parte histórica de la ciudad, me encontré con Guille y volvimos al hostel a cenar sopa nuevamente.
Pasamos rápido por Ecuador, conocimos poco, pero nos encanto, podríamos decir que Quito es una de las ciudades que más nos gusto y la tranquilidad y descanso que tuvimos en Montañita no lo tuvimos en otro lugar a lo largo del viaje.
Ahora, próximo destino "Colombia tierra querida..." como cantan los colombianos. En breve la próxima y última crónica.




































































