lunes, 13 de mayo de 2013

Salta. Ruta a Cachi. Parque Nacional de los Cardones. Angastaco. San Carlos.

El día comenzó prontito, a las 8 venían a buscarnos al hostel Juan, el guía y conductor del coche, y Antoine? Antoinnee? Antuán? Un tio de Luxemburgo que apareció a última hora de ayer y posibilitó el viaje, porque sino deberíamos haber pagado su billete para que la excursión se pudiese hacer, y no estábamos dispuestos a ello. Por suerte llegaron un poquito tarde y pudimos comernos un par de criollos de hacía dos meses (son unos bollitos típicos de Argetina que suelen estar blanditos y ricos, pero éstos estaban más duros y secos que las piedras de la zona semidesértica en la que estábamos).
Juan, el guía, consiguió habilidosamente meter a cuatro turistas con sus respectivos mochilones en un coche, y trás pasar por su casa para dejar la bandeja que suele tapar el maletero comenzamos el viaje. 
Las carreteras eran de ripio y la velocidad del viaje fue lenta, así que fueron muchas horas para movernos por unos 200 kilómetros de paisaje variado.
La primera parte era una zona árida como ella sola y con formaciones rocosas realmente bonitas. Se podían ver algunas casas sueltas durante el camino, muchas abandonadas, medio derrumbadas y desechas por la lluvía ya que están hechas con adobe y la mayoría sin revocar. La forma de vida parece muy dura porque lo único que logran hacer crecer en sus huertas son cebollas que venden en los pueblitos o a los camiones que suelen pasar a recoger las cosechas. Casi todos tenías cabras y/o llamas como animales de granja. Después de unas horas de carretera, polvo y mocos negros, pasamos a otra zona igual de seca pero sin vistas tan bonitas, y casi todos aprovechamos para echar una cabezadita en el coche entre baches, golpes de piedras y cabezazos al cristal. Entre tanto pasamos por algunos pueblitos como Angastaco o San Carlos, el segundo pueblo más antiguo desde que se proclamó la República Argentina. 
Ibamos haciendo paradas para sacar fotos, mear o estirar las piernas, y así, poco a poco, llegamos a Cachi a la hora de comer. Un poco antes paramos en una especie de granja con una iglesia que era como un oasis entre tanto paisaje casi inerte. Estaba situada al borde del río Calchaquí, que a esa altura tenía un poco más de caudal y permitía sembrar más cosas que las cebollas. Antiguamente el pueblo al cual pertenecía la iglesia estaba entre la iglesia y el rio, hasta que una subida de las aguas se lo llevó por delante y dejó la iglesia en mitad de la nada. Después se construyó la granja detrás de la iglesia y así sigue, habitada por descendientes de la cultura Calchaquí y algún "extranjero" que mantienen todo en pie: la granja, el molino, la iglesia, un restaurante y la tienda de artesanías.

Ya en Cachi probamos la humita, maíz molido con queso de cabra envuelto en las hojas del propio maíz, que no se comen, y dimos una pequeña vuelta por el pueblo antes de seguir viajando. Después de un rato de subida llegamos al Parque Nacional de los Cardones, que son los cactus típicos de las pelis del oeste, había miles, y sus únicos compañeros vegetales eran Jarillas y algunos matojos bajitos que posibilitaban la vida de los primeros años de los cactus protegiéndolos un poco del sol hasta que se hacían lo suficientemente gordos como para soportar el solazo por sus propios medios. Asi que el paisaje era impresionante, los cardones alcanzan alturas de 3 o 4 metros con mucha facílidad y todo lo demás no levantaba dos palmos del suelo.
Cada vez estábamos a mayor altitud, llegando a alcanzar los 3.500 metros en el punto más alto, bonitas vistas hacia un lado de la motaña y vistas hacia el interior de las nubes por el otro lado. Después bajamos por una carretera que empezaba a tener trozos asfaltados y mucha pendiente y finalmente llegamos al punto final de la ruta el pueblito de El Carril. Allí nos despedimos de Juan que nos dejó en una "parada" de bus sin señalización alguna, sino llega a ser porque había gente esperando podríamos haber pensado que nos tiró en la cuneta. Entonces comenzó la última odisea del día; primero la forma de pagar el viaje de bus hasta Salta, que era con una tarjeta que ninguno de los cuatro teníamos, así que revolucionamos el autobús para encontrar a alguien que pasara su tarjeta para nosotros y nosotros le pagábamos el  valor del viaje en dinero. Mientras lo conseguíamos el bus fue siguiendo su camino y en la siguiente parada se subieron aproximadamente medio millón de personas, así que nosotros con las mochilas en medio, molestando a todo al mundo, y hablando con acento raro eramos la atracción del lugar. Pero sobrevivimos! 
Al llegar a Salta fuimos los cuatro al hostel en el que había estado Nina, la chica francesa con acento mejicano con la que hemos compartido estos días, y que resultó barato y cómodo.

A la mañana hemos ido a Correos a ver si habían llegado las guías que mi hermano Peko y su pareja Maaike nos habían enviado a Salta, pero aún no habían llegado, así que seguimos de viaje sin ellas, una lástima porque no podremos disfrutarlas y además ellos dos ya no las tendrán en su biblioteca.

Ahora ya estamos de camino a Purmamarca, Jujuy, en otro bus de dos plantas, sentados otra vez en la primera fila del segundo piso, tomando el mate que acabamos de comprar para estos momentos y escribiendo la pedazo de chapa que os acabo de meter. Así que ya os dejo en paz. 

Sed felices. 
Agur.




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