viernes, 7 de junio de 2013

Lago Titicaca


Llegamos al lago Titicaca después de haber cogido un avión Sucre-La Paz y un autobús La Paz-Copacabana. El paisaje se convirtió en algo mucho más amable que lo que habíamos visto hasta ahora en el viaje. Venimos de zonas áridas y polvorientas donde la vida es un reto y llegamos a una zona verde, con vegetación, cultivos, muchísima agua dulce.... La verdad es que fue un respiro ir por esas montañitas que te llevan hasta el Titicaca y el cuerpo se me alegraba a cada metro que avanzábamos. 

En Tiquina hay que bajarse del bus, coger un barquito que pasa un pequeño estrecho y esperar al otro lado al autobús, que pasa en otro barquito, después continúas el viaje hasta Copacabana. Al llegar allí seguimos a unos chicos franceses que venían en el bus al hostal que habían visto por internet y que les pareció bueno y barato. Era barato. También era cutrongo y estaba super sucio. Pero de todas maneras nos quedamos allí para no gastar mucho dinero, que en Sucre se nos fue el presupuesto a tomar viento. Decidimos pasar una sola noche en Copacabana porque no nos gustó demasiado el pueblo, y además está infestado de pseudohippies de postal con todos los complementos andinos posibles sobre sus cuerpos invitándote a entrar en sus bares, restaurantes... Una pesadilla. Lamentablemente creo que Copacabana ha sido invadida por un tipo de turismo invasivo y repelente, y que además se piensa respetuoso con el lugar y sus habitantes, nada más lejos de la realidad... Pasamos la noche en nuestra gran suite, que era dos palmos más grande que la cama, lo suficiente como para poner una mesilla sobre la que NO se debe pasar un trapo NUNCA, tenía mierda a kilos, marcas de vasos de vino.... Al día siguiente subimos dos montañitas que están pegadas al pueblo, una es un via crucis y la otra un lugar al que van a hacer ofrendas a la Pachamama. Las montañas no eran gran cosa, pero a esa altitud cuesta un cojón mover los pies, así que parecíamos expedicionarios de Al Filo de lo Imposible. Al llegar arriba la gran recompensa de las vistas al lago por un lado y a las montañas por el otro. Hermoso. Nos tomamos un mate para hidratarnos y coger aire, aunque usamos una hierba mate con Stevia, otra planta que lo hace dulce, y está un poco aaargghh.... En general las dos montañas estaban muy sucias, llenas de botellas y plásticos por todos lados, y nos llamó la atención la contradictoria manera que tienen los bolivianos de hacer ofrendas a la tierra, se supone que es un acto de respeto y veneración, pero la dejan hecha una mierda, queman plásticos.... Así que de respeto a la naturaleza más bien poco, pienso yo.
Después comimos algo y pillamos el barco con destino a la Isla del Sol. Tarda un par de horas en llegar porque los barcos van bastante despacio. El Titicaca es el lago navegable más alto de la tierra y está a 3.800 metros de altura, más o menos. La Isla del Sol es muy bonita y allí pasamos otra noche, en la parte norte. Me habría encantado quedarme unos cuantos días más y hacer las caminatas que conectan el norte y el sur de la isla, haber visitado las ruinas que hay por toda la isla, etc.. pero una vez más el tiempo de viaje es finito y nos mete prisa, así que nos quedamos una sola noche en una especie de eco-hostal regentado por una familia super simpática. En general la gente de estos lugares es muy tímida y te responden con monosílabos y agachando la cabeza, pero en el refugio de Wiracocha, o en "lo de Alfonso" como decía el segundo carel de la puerta, toda la familia era alegre y charlatana. Tienen un montón de casitas de adobe con diferente número de camas, cultivaban diferentes cereales y hortalizas y tenían algo de ganado. A la tarde visitamos el pueblito y conocimos bastante gente que andaba de viaje por allí y estaban organizando una excursión a la Isla de la Luna para el día siguiente con la intención de dormir allí. A la noche nos juntamos unos cuantos en "lo de Alfonso" y pasamos una bonita velada con buena compañia, un poco de vino, una luna casi llena oculta entre nubes que cuando se descubría parecía que salía el sol, una guitarra y un frío de carajo, así que todos envueltos en mantas y apretadicos. Allí acabamos de decidirnos para la hacer la excursión del día siguiente a la isla de la Luna, para encender una fogata por la noche y disfrutar de la luna llena. Así lo hicimos, con algún problema derivado de la organización de grupos improvisados, pero de todas maneras lo pasamos muy bien. 
Con la ayuda de Diego, un chico que vive en la Isla de la Luna y que nos dió hospedaje, conseguimos cocinar unas truchas y unas patatas en un horno hecho de piedras que se calientan y después se desmontan y colocan encima de la comida cruda y envuelta en papel de sacos de cemento para que se haga con el calor que desprenden las piedras. Me encantó esa primitiva manera de hacerse la comida, aunque mi navaja aún huele a tripas de trucha.... La isla de la Luna es mucho más pequeña y está menos preparada para el turismo, tiene la forma de una serpiente y donde debería estar la cabeza se ve un acantilado con piedras de color rojo. Esto ha generado una leyenda, porque aquí todo tiene leyendas. La historia dice que hace mucho la isla de la Luna era parte del continente, pero se convirtió en serpiente, atravesó las montañas de Tiquina creando el estrecho y dirigiéndose al ataque a la isla del Sol. Desde allí el Inca jefe vió la amenaza y lanzó su honda, decapitando a la serpiente y hundiendo su cabeza, a la que había conseguido atar unas campanas, en las profundidades del lago. Es por eso que en la parte norte se ve ese acantilado rojizo y que si te acercas de noche podrás escuchar el tañir de las campanas.... Tan, tan, tan...... Total, que allí pasamos la tarde y la noche. La tarde preparando todo para la noche: ponernos de acuerdo en qué cenar, conseguir las truchas y las papas, poner las piedras en forma de bóveda para calentarlas con fuego durante una hora o más.... Y después disfrutando la noche con la fogata, comiendo con las manos, compartiendo un poco de vino y otra guitarra, ésta mutilada, con sólo 5 cuerdas. Nos echamos a dormir un ratito y bien pronto nos levantamos para irnos de vuelta a Copacabana y seguir el viaje al norte. En la isla se quedaron los amigos que hicimos y que volvían a la Isla del Sol y casi todos los isleños, ya que muchos vinieron a Copacabana con el barco de la comunidad Isla de la Luna, que una vez a la semana va a tierra firme para que todos puedan conseguir los productos que no son capaces de generar en la isla.
Una vez en Copacabana buscamos un lugar para pegarnos una ducha y quitarnos el olor a trucha, humo y sobaquillo y después de mucho preguntar lo conseguimos, comimos algo que creo que fue el culpable de mi siguiente intoxicación y esquizofrenia estomacal, y nos fuimos a Perú. Pero eso os lo contaremos con más detalle en otra entrada. Aprovecho para decir que lo que acabáis de leer pasó hace muchos días, pero como lo estamos pasando tan bien y da tanto palo pararse a escribir tenemos el blog muy retrasado.....aaains. 
Salud para todos.





































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